Encerrado en Ilusión

     En esa habitación oscura, con un ambiente calmado y tranquilo, solo se escuchaba el sonido de su voz, explicándole al psicólogo cada una de las situaciones que había vivido. Mientras miraba a los ojos ese rostro tan serio que casi no mostraba expresión, le describía los siguientes hechos esperando que el terapeuta le dé una única  respuesta que solucione todos sus problemas:

En el momento que levantó la vista de sus papeles de trabajo, notó una luz colorida que se interponía en su campo de visión, continuó observándola por unos segundos, pero no podía identificar qué era. A unos centímetros de esta, visualizo otra luz de un color distinto, al girar su vista alrededor de su oficina, fueron apareciendo más luces dispersas por el lugar, de colores que no podía identificar. Creía haberlas visto antes, eran de esas manchas que aparecían cuando uno se queda por un buen rato observado una luz. Pero estas, no tenían razón para aparecer allí.

Se quitó los lentes y se refregó los ojos, cuando volvió a colocárselos, ya no había ni una luz, solo tenía la vista de su blanca oficina. Rápidamente le dio una justificación, pensó que podía tratarse de su vista cansada, o por el estrés de tanto trabajo.

Dos días después, a la misma hora, se encontraba en el mismo lugar y en la misma posición, concentrado en su trabajo. Una extraña luz colorida se interpuso en la vista hacia sus hojas. Levantó la mirada, y varias luces del mismo estilo fueron apareciendo por su oficina, en cada rincón que miraba. Se quitó los lentes y se refregó los ojos, al volvérselos al colocar, las luces ya no estaban.

Más tarde, en el mismo lugar, varios colores extraños fueron apareciendo por su campo de visión, interrumpiendo su concentración en el trabajo. Estas mismas luces que ya conocía, se habían multiplicado más que la vez anterior, antes de quitarse los lentes, se quedó observándolas por unos segundos y notó como algunas de estas se mezclaban entre sí. Rápidamente, quitó sus lentes y se refregó los ojos para que estas luces desaparecieran.

Esta vez, no pudo ignorarlo, ya no podía quitarse de la cabeza la duda de  qué era lo que le ocurría. No podía quitarse de la cabeza, la certeza de que tenía que ir a un oculista para averiguarlo.

A la mañana del día siguiente, fue a ver un oculista, solo le sirvió para tener unos nuevos lentes, ya que los suyos estaban algo rotos. Según el oculista, su vista funcionaba perfectamente bien con el aumento que utilizaba. No mencionó ni una palabra de lo sucedido, no iba a arriesgarse a la posibilidad de que pensara que estaba volviéndose loco.

Decidió dejar de darle importancia, convenciéndose de que ya todo pasaría con el tiempo, para concentrar su mente en el resto de su vida, su trabajo.

En la tarde del día siguiente, el hombre se encontraba en su casa, disfrutando del sonido de su soledad, sentado en su silla, concentrado en sus papeles de trabajo. Hasta que algo desvió su atención. Visualizó una extraña luz colorida que le impedían leer sus hojas. Rápidamente se quitó los lentes, y refregó sus ojos, con dificultad y apuro, volvió a colocarse los lentes, con sus manos casi temblando. Notó una colorida luz en la pared, al segundo, otra más apareció, y así, en cada lugar que fijaba su vista, una luz aparecía. Desconcertado, rodeó toda la habitación con su mirada, y solo le quedaba observar como esos ya repudiables colores se mezclaban entre sí. Hasta solo ver eso, colores y luces, tapando su vista, dejándolo totalmente cegado y perdido en ese espacio tan colorido.

En total desesperación, se tomó la cabeza con sus manos mientras observaba como tantas luces lo rodeaban, impidiéndole su vista. Comenzó a escuchar un insoportable sonido, era como un pitido, que lo iba aturdiendo cada vez más. Aunque sabía que provenía de su cabeza, tapó sus orejas con sus manos como si eso le impidiera escuchar. Segundos más tarde, el fuerte sonido se desvaneció, seguido de las extrañas luces. Observó, que podía ver su escritorio con claridad. Ahora solo escuchaba el sonido del silencio y la tranquilidad, pero en su cabeza, continuaba un caos total.

“¿Qué me pasa?” Esa pregunta no se dejaba de repetir en su cabeza. Cada día vivía la misma situación, podía pasarle dos veces al día o solo una, podía pasar unos tres minutos con esas luces ahogándolo, impidiéndole ver, o simplemente se le aparecían algunas por el lugar. De todas formas, cada vez se convencía más de que debería hacer algo al respecto.

La idea de estarse volviendo loco lo volvía loco.  Le causaba pánico de solo pensarlo, de solo imaginarse que al abrir la boca acabaría en un psiquiátrico. Pero a la vez sabía que no podría seguir viviendo  así, por esto, luego de tanto negárselo y esquivándolo, tomó la decisión de ir a terapia.

Observaba su rostro mientras le contaba cada una de sus situaciones. El psicólogo no mostraba ni una expresión, perecía oírlo con atención, pero había mucha seriedad en su rostro. Terminó de relatar su historia, esperando a que el terapeuta le dé una respuesta que solucione todos sus problemas, o que al menos le diera el significado de todo lo que le estaba pasando.

“Es estrés” Contestó.  “Estrés por trabajo”. Le sugirió que se tome algunos días de descanso, quizás que se vaya de vacaciones a algún lado.

Así lo hizo, haría todo con tal de que esa tortura termine. Ganaba bastante bien en su trabajo como para tomar vacaciones él solo, así se decidió a irse 5 días a un hotel frente a una playa.

En su soledad, sentado en su reposera, observaba los movimientos de las olas del mar. Así, pasó un día entero sin cruzarse con esas odiosas luces.

¿Y si volvían a aparecer? ¿Y si no es estrés? ¿Y si esto ocurre por siempre? Esas preguntas comenzaron a comerle la cabeza en la mañana del día siguiente. Ahí, en ese momento de miedo intolerable a que todo vuelva a suceder, sentado en la cama, observando la habitación del hotel, visualizó una luz colorida, que ya la reconocía muy bien. A unos metros, apareció otra igual, de un color distinto. Estas luces del mismo estilo, de a poco fueron llenando la habitación. Esta vez no tenía puestos sus lentes, no encontraba forma de detenerlo. Terminaron por tapar su vista por completo, solo veía luces de distintos colores mezcladas entre sí. En este punto ya sabía lo que venía, comenzó a escuchar un insoportable pitido, que provenía de su cabeza, y aturdía sus oídos. Se tapó con fuerza las orejas con sus manos, esperando que todo pase.  Sintió como su corazón palpitaba cada vez más rápido, cada vez con más fuerza, como si quisiera salirse de su cuerpo. Sus manos pasaron de sus orejas a cubrir su pecho, cuando sintió un enorme dolor en esa zona, un dolor que nunca había conocido. Y en esos segundos, sin encontrarle explicación, una gran sensación de que su muerte se aproximaba invadió todo su cuerpo y mente. En esos microsegundos, podía asegurar que su vida acabaría en ese instante.

Se decepcionó cuando ya todo acabó y volvió a la normalidad. Las luces desaparecieron, junto con el dolor, el ruido, y las rápidas palpitaciones.

Se paró de la cama y fue a desayunar, como si nada hubiese pasado, o como si todo lo recién ocurrido, fuera normal de todos los días. Que para él, ya lo era. Abajo en el comedor, tomaba su café mientras pensaba en muchas cosas y miraba a la nada, a un punto fijo que ni le prestaba atención. Entre pensamientos, comenzó a invadirlo el gran deseo de volver a ver esas luces. De sentir el mismo dolor, de volver a vivir lo mismo que esa mañana. Cada día que pasaba, el deseo se  volvía más grande, esperaba con ansias el momento de volver a ver esas luces. Pero nada pasaba, los días entre ese hotel y esa playa continuaban normalmente, como si todo fuera feliz y agradable. Al ver que sus deseos no se cumplían, nuevamente comenzó a frustrarse, a tener pensamientos negativos, comenzó a asegurar, en su mente que todo era injusto y que el mundo estaba contra él, como si fuera el centro de todo.

Cansado y frustrado de que las cosas no ocurrían como quería, simplemente continuó con lo que le quedaba de vacaciones, aceptando que “todo es una mierda” como él decía y repetía para sí mismo.

Ya en el último día en la playa, se encontraba frente al mar, rodeado de soledad, como a él le gustaba, con sus pensamientos, y el movimiento de las olas como único entretenimiento.

Entre su vista al mar se interpuso una luz colorida, en la que rápidamente fijó su vista. A un metro de esta, apareció una luz de un color distinto, le siguieron miles de luces más las cuales en unos instantes ya estaban cubriendo toda su vista, ahora no escuchaba solo el pitido, ahora se mezclaba con el sonido del mar. Ese sonido insoportable iba aturdiendo cada vez más sus oídos, le siguió a eso, un fuerte dolor en su pecho, junto con fuertes palpitaciones del corazón. Comenzó a sentir un fuerte dolor en todo su cuerpo, era un dolor inaguantable, pero que él ahora estaba dispuesto a soportarlo. Se sintió invadido por una gran sensación de que se moriría ahí, en ese instante. Nunca había sentido una sensación tan placentera, disfrutaba cada vez que el dolor iba aumentando, esperando con ansias, lo que aseguraba que iba a pasar.

En medio de esa sensación de plena felicidad, el dolor se desvaneció, volvió a tener la vista al mar, todo desapareció y volvió a la normalidad. Ahí, es cuando la verdadera tortura comenzó. Se dio cuenta de que viviría por el resto de su vida las mismas situaciones que ya conocía, pero nada pasaría. Siempre iba a vivir ese gran dolor, pero al final todo terminaría. En total desesperación, tomó el arma de su bolsillo, apuntó a su cabeza y apretó el gatillo. Ya no esperó a que la felicidad venga a él. Al fin en su vida hizo algo para llegar a la felicidad.

Mojana Blanco

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